Excelsior

Hablar callando


 

Si lo permitido en las precampañas es bastante nebuloso, más confuso es lo que “debe” pasar en las intercampañas, que sólo están definidas como el periodo que media entre el fin de las precampañas y el inicio de las campañas. La ley no precisa bien a bien de qué se trata. Por declaraciones sabemos que: “Los precandidatos formalizados por los partidos y sus coaliciones no podrán aparecer en pautas de radio y televisión”; sus partidos sí lo pueden hacer, pero “únicamente podrán difundir spots genéricos y no pedir el voto para alguna precandidatura o candidatura”; “los eventos que lleven a cabo los precandidatos o candidatos no pueden ser públicos ni al aire libre y no debe hacerse ningún tipo de llamado ni posicionamiento específicos”; sí pueden “aparecer en medios dando entrevistas”; “los debates ya no son posibles y tampoco es posible darle una cobertura a sus propuestas ni a sus actividades de manera sistemática”, y hay que esperar al “arranque formal de las campañas para empezar con el posicionamiento formal de sus plataformas, de sus propuestas de gobierno, sus críticas entre ellos” (consejero Marco Antonio Baños).

Vaya absurdo. A ver si alguien nos explica cómo van a aparecer los candidatos en medios sin hacer todas estas cosas de manera abierta o subliminal. ¿Hablarán callando o callarán hablando? Se dice, por ejemplo, que pueden hacer “cualquier diagnóstico respecto a la realidad nacional y tendrían derecho a cuestionar las políticas públicas del gobierno en turno”. Si esto no es hacer proselitismo, dar elementos al electorado para inclinar su voto o entrar al debate público, pues yo ya no entiendo. Y si alguien se quiere tragar la píldora de que nada de esto es parte de una campaña, pues que se la trague. Pero esto es lo que hay y veremos un torrente de litigios aduciendo que uno u otro candidato ya está haciendo campaña.

Dadas la laxitud del lenguaje y las inentendibles prohibiciones, las coaliciones y sus candidatos podrían aprovechar este ficticio “compás de espera” en el que no podrán vendernos sus ofertas políticas, para darnos algunas seguridades que no pueden calificarse de proselitismo, pero que podrían prestarnos un gran servicio para apaciguar los temores, dudas y la polarización que se están gestando. Una especie de credo en el sentido de convicciones, creencias y principios que son sustento de cualquier democracia. Un credo que incluya tanto a los procesos electorales como a las normas de convivencia de una sociedad democrática en el sentido amplio de la palabra. Definiciones que van más allá de la sana incertidumbre sobre los resultados, pero que deben estar entre las certidumbres del proceso electoral y del ejercicio de cualquier gobierno democrático.
        Lo primero, asegurarnos que los competidores jugarán bajo las reglas establecidas por los partidos que ellos mismos se dieron. Pienso en seis comportamientos que deberíamos dar por sentados, pero que ningún partido o candidato han respetado desde que en México se instaló la competencia electoral: Aceptar sin ambages a la autoridad como el árbitro de la contienda, independientemente del resultado de sus resoluciones; canalizar las inconformidades a través de las instancias previstas para ello y someterse a las decisiones del Tribunal como la institución de última instancia; no desviar recursos públicos, ni en efectivo ni en especie, de los gobiernos que hoy controlan cada fuerza política; no lucrar con la necesidad de los votantes a través del clientelismo; no recibir más dinero privado que el que están autorizados, incluyendo el no comprometer obras públicas y compras gubernamentales futuras a cambio de apoyos de empresarios pequeños y grandes; no contratar por debajo de la mesa la voluntad de los medios para recibir tratos preferenciales o para destruir al adversario; reportar fehacientemente sus ingresos y gastos de campaña.

No es mucho exigir. Es simplemente pedir que se comporten conforme a lo que establece la ley. Y esto va del lado de la oferta y la demanda. Los partidos no deben incurrir en este tipo de prácticas, pero los empresarios, los dueños de los medios o el gobernante que dispone de recursos debe ser parte de la ecuación.

Pero más importante todavía es abrazar ciertos valores que no sé si son conservadores o liberales y de izquierda o de derecha, pero que son indispensables para la convivencia democrática. Pienso aquí en otros cinco ingredientes: La tolerancia irrestricta a los puntos de vista “del otro” y a la crítica; la disposición a deliberar la adopción de las políticas públicas; el compromiso de actuar con base en los procesos institucionales y no en las voluntades personales; la defensa de las libertades y los derechos individuales, y la obligación al ejercicio transparente del poder en oposición a la “razón de Estado”.

Todos estos puntos deberían constituir parte de los usos y costumbres, pero en nuestra todavía frágil democracia no los podemos dar por sentado.

 

Columnista: 
Imágen Portada: 
Imágen Principal: 
Send to NewsML Feed: 
0



Source link

You Might Also Like

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>