Excelsior

Mordaza en puerta


Una de la virtudes de la libertad de expresión es que salvaguarda la diversidad de voces y de acercamientos a la realidad. Usted y yo, querido lector, podemos estar de acuerdo en algunos temas y diferir en otros. Yo misma me he “agarrado del chongo” en redes sociales y en los micrófonos con colegas y/o políticos y/o ciudadanos por montones de temas, tan diversos como, afortunadamente, genera la experiencia individual y colectiva de la vida. Así es como funciona una sociedad sana. Las democracias en ese principio basan su existencia misma. Por ello es que, siempre que hablamos de regímenes autoritarios, señalamos que los ciudadanos están atrapados en ellos porque no tienen la opción de elegir, porque alguien les impone qué hacer y cómo hacerlo.

Usted, querido lector, tiene hoy la libertad de hojear o navegar por este diario, pero lo mismo podría elegir El Universal, Reforma o semanarios como Proceso. O a ninguno de nosotros. Todos tan distintos, pero igualmente necesarios. En radio, lo mismo puede encender Radio Fórmula e informarse con Ciro Gómez Leyva, en Imagen con Pascal Beltrán del Río o Luis Cárdenas en MVS. O, nada más escuchar música a la hora que le dé le gana. Si sus actividades se lo permiten y puede ver los noticiarios de mediodía, ahí me encontrarán a las dos de la tarde en Imagen Televisión, pero también está mi querida Karla Iberia Sánchez en Televisa o a Villalvazo en canal 13. Usted, el que consume los contenidos que los periodistas generamos, tiene la libertad de elegir a quién ver, escuchar, leer y sus razones, todas personalísimas, del porqué lo hacen. Hace un par de semanas, por ejemplo, Carmen Aristegui regresó con un informativo matutino entre semana, aunque ahora sólo en plataformas digitales. Qué necesario es que la de ella, así como todas las demás voces, tengan una vía de proyección. Porque finalmente, quien elige con quién, cuándo y cómo informarse es usted. Los hechos siguen siendo los mismos, y cada una de las distintas perspectivas abonan algo para que el entendimiento de lo que sucede en el país y el planeta entero sea mejor.

El fin de semana pasado, gran controversia surgió respecto a la toma de posesión de Trump: no sólo los medios, también las redes sociales, documentaron sobre la poca afluencia a la ceremonia en Washington. Usted habrá visto las imágenes virales donde se comparaban otras tomas de posesión, e igualmente se enteró de cómo el equipo del gobierno estadunidense intentó desacreditar esa información. Llegaron a tal grado que, incluso, publicaron fotos que no correspondían al evento del 20 de enero pasado. Sean Spicer llegó a decir que la del viernes “había sido la mayor audiencia para una toma de posesión en la historia. Punto”, a ese grado llegaron las ganas y la necesidad de legitimarse.

¿Usted quisiera perder la oportunidad de elegir qué ver, qué oír o con quién informarse? No es el qué creer, sino el con cuáles herramientas cuenta para formarse un juicio. Yo no quiero que la pierda, pero hay quienes sí desean que ya no tenga esta oportunidad. Cito a Carlos Loret: “consejeros del IFT buscaban establecer mecanismos para garantizar derechos de las audiencias de radio y televisión cuando comenzaron a concebir lineamientos que estuvieron más de un año en la congeladora y que ahora quieren que entren en vigor a partir del 1 de febrero…”. ¿De qué lineamientos hablamos? Sencillo: según éstos, cualquier informativo de radio o televisión deberá advertir a la audiencia cuando se trate de una noticia y cuando sea una opinión. Me explico: si usted elige X o Y estación de radio o noticiario de televisión, recibirá la misma información, restando las cualidades por las que, finalmente, usted lo habrá elegido. Todos diciendo lo mismo “para que la audiencia no sea agredida” con alguna opinión que los protagonistas de las noticias resientan como una agresión o un juicio a sus acciones, una opinión que pueda repercutir en su imagen pública. Porque, claro, y como se entiende esto, el IFT cree que la audiencia, es decir, usted que me lee, no es capaz de diferenciar la información de la opinión de los conductores que las transmiten. Otra vez: instituciones que subestiman grosera e imperdonablemente a las audiencias, a los ciudadanos de este país.

Esos no son lineamientos que “velarán por las audiencias” a partir de febrero. Yo los encuentro como infames mordazas que realmente violan la libertad de expresión, porque yo, periodista, tendré que cumplir con ciertas reglas para que usted, miembro de la audiencia, pueda acceder a la información que puedo darle. No podré decir que Javier Duarte es una rata de dos patas sin antes alienarlo a usted, querido televidente o radioescucha, advirtiéndole que es mi muy particular opinión. Como si todo México no supiera que Javier Duarte es un ratero y que por ese motivo lo persigue la justicia. Pero los censores nunca jamás han sido protectores de la gente (aunque así se vendan): son protectores de los poderosos que no quieren que nadie los exhiba. Al grado de defender, incluso, lo indefendible. El IFT está a tiempo de recapacitar y no contribuir a lastimar todavía más nuestra ya de por sí muy lastimada democracia.

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